14/10/09

CRÍMENES SIN NOMBRE DE LA SINARQUÍA CHINA

Diana Duque Gómez


La sinarquía es el grupo de personas dueñas del capital financiero, de las corporaciones, de los monopolios, de los grandes negocios y del Estado, que deciden los asuntos políticos y económicos de un país a través de ese Estado. Por naturaleza toda sinarquía es totalitaria y el Estado es su creación e instrumento de dominación y expoliación. Así, el Estado sinárquico cabalga sobre la humanidad. La consecuencia de lo anterior es la destrucción, abierta o velada, del valor supremo del ser humano: la libertad individual.


El Partido/Estado comunista chino, propiedad de una sinarquía que en este caso está compuesta por la élite del Partido, ha transformado a China en el más gigantesco GULAG de la historia. La ideología totalitaria de tipo estalinista que se impone como pensamiento único a toda la nación ha servido para crear una economía esclavista capitalista muy productiva para los intereses expansionistas de la sinarquía china, lo que ha convertido no a la nación sino a esa sinarquía en una potencia económica. Así, por no existir libertad individual ni libertad económica, en China no hay un mercado laboral y, por tanto, el trabajador, calificado o no, sólo recibe en pago el derecho a sobrevivir en las condiciones mínimas suficientes para mantener su capacidad de trabajo, lo que ha hecho que los costos de producción en China por concepto de mano de obra sean los más baratos del mundo y ante los cuales muy pocos países pueden competir. De este sistema económico esclavista sólo escapan los miembros del Partido que pueden acceder a una mejor calidad de vida a cambio de una complicidad incondicional. Se calcula que el número de miembros o militantes del Partido es de aproximadamente cincuenta millones en una nación que cuenta con más de mil trescientos millones de habitantes. Por eso cualquier pensamiento o actividad independientes, así sean los más inofensivos, que se salgan de lo establecido por la cultura totalitaria son considerados una gran amenaza contra el poder y los privilegios del Partido/Estado y en consecuencia deben ser perseguidos y exterminados. Con el silencio cómplice de prácticamente todos los Estados del mundo, Estados sinárquicos que únicamente les interesa beneficiarse de la bonanza económica de la sinarquía china negociando con ella, el gobierno Chino viene ejecutando un sistemático genocidio contra los practicantes de Falun Gong: “se trata de un gigantesco y terrible genocidio que está teniendo lugar ante nuestros ojos y en pleno siglo XXI”(1), manifestó con indignación el abogado español Carlos Iglesias especializado en la defensa de los derechos humanos. Este crimen de lesa humanidad, con honrosas excepciones, no ha sido denunciado por las farisaicas organizaciones de derechos humanos que pululan por todas partes ni por los grandes medios de comunicación que se ufanan de ser “independientes”, obviamente, mientras la información no afecte los intereses de sus dueños, quienes tradicionalmente son parte de la sinarquía. En los llamados Estados “democráticos”, caracterizados por la farsa electoral, los periodistas y los políticos, incluidos los presidentes y los primeros ministros, no son más que los peones de la sinarquía dueña del Estado, cuya impronta es la imbecilidad moral.


El genocidio de los practicantes de Falun Gong fue denunciado al mundo en un informe realizado por David Kilgour, ex secretario de Estado del gobierno de Canadá para la región Asia Pacífico, y David Matas, abogado canadiense. La combativa revista española Discovery Salud, especializada en temas de medicina holística y alternativa informó en un artículo firmado por Francisco San Martín sobre el genocidio en China en su número 91: “Una ignominia está teniendo lugar en China ante el silencio cómplice y cobarde de la comunidad internacional… En el gigante asiático existen numerosos campos de concentración –denunciados una y otra vez ante las Naciones Unidas- donde desde 1999 han sido internadas más de 800.000 personas, la mayor parte practicantes de Falun Gong según afirman cualificados investigadores independientes. Presos ilegalmente, sin proceso judicial, a los que se ha privado de todos sus derechos y que además –y esto ya clama al cielo- están siendo asesinados para extraerles sus órganos y trasplantárselos a quienes están dispuestos a pagar por ellos”. Señala Carlos Iglesias que “los datos más prudentes indican que a día de hoy más de 50.000 personas han sido ya asesinadas para extirparles sus órganos en algunos casos mientras aún estaban vivas, a fin de venderlos luego al mejor postor en el extranjero”. El informe Kilgour-Matas concluye: “De acuerdo con lo que sabemos ahora –relatan en el informe de fecha 6 de julio de 2006- hemos llegado a la lamentable conclusión de que los alegatos son verdaderos. Creemos que ha habido y así continúa pasando hasta hoy una sustracción de órganos no voluntaria de practicantes de Falun Gong a gran escala. Llegamos a la conclusión de que el gobierno de China y sus agencias en numerosas partes del país, particularmente hospitales pero también centros de detención y ‘Cortes Populares’, han asesinado desde 1999 a un número grande pero desconocido de prisioneros de conciencia de Falun Gong. Sus órganos vitales, incluyendo corazones, riñones, hígados y córneas fueron prácticamente sustraídos simultáneamente de manera no voluntaria para venderlos a precios elevados (…) muchos seres humanos que pertenecían a una organización voluntaria pacífica, declarada ilegal hace siete años por el presidente Jiang porque pensó que podía constituir una amenaza para la dominación del Partido Comunista de China, han sido en efecto ejecutados por médicos para sustraer sus órganos... Los alegatos –señala el informe- también dicen que los órganos son extirpados de los practicantes mientras aún están vivos”.

Y se pregunta el articulista de Discovery Salud: “¿Y por qué se ceba el gobierno chino en los practicantes de Falun Gong? Es más, ¿Qué es el Falun Gong? Conocido también como Falun Dafa –que puede traducirse indistintamente como Ley de la Rueda o Gran Ley- tiene sus raíces en las tradiciones budista y taoísta y se trata de una practica tradicional china del Qi-Gong –sistema milenario de ejercicios de respiración conocido como el ‘yoga chino’- que rediseñaría el profesor Li Hongzhi, exilado en Nueva York, y cuyo objetivo es mejorar la salud de cuerpo y mente mediante la práctica de diversos ejercicios físicos así como de un determinado tipo de meditación (…) Li Hongzhi pudo registrar en 1992 su movimiento como Falun Gong en la Asociación de Estudios del Qi-Gong. Con tal éxito que a mediados de los noventa declaró tener aproximadamente sesenta millones de practicantes algo que en 1999 corroboraría el propio Ministerio de Deportes chino al estimar esa cifra en setenta millones (…) Sin embargo la creciente popularidad del movimiento dio paso a su persecución… El Partido Comunista Chino hizo publicar un artículo en la revista Ciencia y Tecnología para Jóvenes en el que se afirmaba que el Falun Gong era una superstición… En julio de 1999 no sólo fue prohibido sino perseguido. La escritora Jennifer Zeng -que vivía entonces en Pekín y ahora lo hace exilada en Australia- aseguraría tras haber conseguido información clasificada que a finales de abril del 2001 se había arrestado ya a unos 830.000 practicantes de Falun Gong. Las medidas de fuerza según recoge el informe de Kilgour y Matas, incluyeron la creación por parte del presidente Jiang de una fuerza especial (la oficina 6-10) en cada provincia, ciudad, condado, universidad y departamento gubernamental con el exclusivo fin de ‘erradicar’ el Falun Gong”(2).

A este horror hay que agregar el genocidio y la aniquilación cultural cometidos por la sinarquía china en el Tibet, donde China invadió ese país y “devastó el pequeño reino de las montañas, destrozando una cultura que había costado miles de años construir... los chinos empezaron por destruir sistemáticamente el budismo tibetano en todo el territorio. Los monasterios fueron arrasados. Los monjes y lamas, asesinados. Muchos antiguos monasterios fueron literalmente hechos saltar por los aires con dinamita o mortero... Textos espirituales de incalculable valor se quemaron o utilizaron como papel higiénico. Se saquearon bibliotecas. Los objetos religiosos se convirtieron en escombros. Templos otrora venerados se usaron como pocilgas o mataderos. Imágenes sagradas de arcilla se redujeron a polvo o sirvieron para hacer ladrillos para la construcción. De los aproximadamente 600.000 monjes que vivían en el Tibet antes de la invasión China sólo sobrevivieron unos 7.000, y por lo menos 100.000 abandonaron el país. A los tres años de la invasión China, el Tibet estaba lleno de cicatrices de las ruinas, semejante a las ciudades bombardeadas de Europa en la segunda guerra mundial.

“Quizá fuese aún peor que los chinos introdujeran a unos siete millones de chinos Han en el Tibet, convirtiendo a los nativos tibetanos en una minoría en su propio país. Algunos describen esta profanación del Tibet como el holocausto budista. Desde la invasión del Tibet, han muerto aproximadamente un millón doscientos mil tibetanos, víctimas de la violencia, las ejecuciones, la cárcel, la tortura, el hambre y el suicidio. Muchos miles más han huido del Tibet. Luchan por sobrevivir en campamentos de refugiados bajo condiciones de extrema pobreza y privaciones”(3).

Hasta aquí sólo dos de los peores crímenes sin nombre que se están cometiendo ante la mirada impasible de la sinarquía mundial y sus Estados, quienes para encubrir la monstruosidad y consolidar sus negocios seleccionaron a China sede de los Juegos Olímpicos de 2008, hipócrita símbolo de hermandad internacional.



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NOTAS:

(1). www.dsalud.com No. 91, Francisco San Martín, “Extraen órganos a decenas de miles de personas para trasplantárselos a quienes pagan por ellos, págs. 23 a 32; 2. Ídem.; 3. Apéndice del editor del libro El secreto tibetano de la eterna juventud de Peter Kelder, Plaza & Janés Editores, Barcelona, 2001.

Bogotá, 19 de mayo de 2008

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